LA MIRADA DE INÉS

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Inés miraba a su madre mientras el mate pasaba de mano en mano sin decirse una palabra. El silbido de la bombilla en la succión final era el único sonido que reemplazaba las palabras, y  las preguntas. Y a la incomodidad de tener que responder, las hacia callar. La chillona resonancia no parecía molestarlas, y otras inquietudes las perturbaban. Las dos cargaban frustraciones que apenas podían sobrellevar. Inés miraba a su madre, y veía la languidez a la cara y pensaba que ella no estaba exenta de portar la misma apariencia.

–    Inés con la muerte de tu padre y la ida de casa de tu hermano no sé cómo vamos a mantenernos. La pensión y el magro sueldo que te pagan en la fábrica, apenas nos alcanza para comer.

Comer, pensaba Inés, si la mayoría de las noches, el mate era nuestra cena.

–    No te preocupes mamá, de alguna forma saldremos de esto.

–    ¿De qué forma? Me rompo la cabeza qué podría hacer. Pero a mi edad, ni para sirvienta me toman.

Todo lo que podía hacer era quedarse en casa haciendo lo de todos los días. Pero siempre repetía lo mismo: buscar empleo.

–    Ya te dije que no te preocupes. Voy a ver que hago.

Josefina observaba a su hija con la cara crispada de rabia y dolor; culpaba a Inés por lo que estaban pasando. Conocía su carácter prepotente y que no se callaba ante nadie. Eso traía aparejado problemas con el resto de la familia. A su padre lo había ido alejando de a poco, solamente estaba con ellos a la hora de la comida. Y ahora la fuga de su hermano. No sabía cómo encarar  Inés y no tener una reacción violenta de ella.

–    ¿Qué decís Inés? ¿Hacer qué? ¡Qué podes hacer ahora que estamos abandonadas por la mano de Dios! Siempre…Cuando tu padre vivía y tu hermano estaba en con nosotras, los criticabas. Tu padre te evitaba y tu hermano se fue de casa, por el acoso permanente que sufrían. ¿Qué podes hacer Inés?

–    Mamá, no quiero ser hiriente, pero vos crees que lo que nos está pasando es por mi culpa. Decime, donde trabajaba mi hermano que según vos yo tanto lo acosaba;  cuanto aportaba para solventar los gastos mínimos de la casa. ¿Te interesa saberlo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Siempre fue vago. Nunca le gusto trabajar. La única habilidad que le conocí fue  hurguetear dentro de mi cartera. Esa plata que me sacaba, era dinero para viajar al trabajo. Tenía que pedir adelantos para poder concurrir y no perder el presentimiento. . No había lugar donde esconder  la cartera. En cuanto a papá, de la pobre jubilación que cobraba, más de la mitad quedaba en el club social en partidos de naipes. Siempre tenía la promesa de que sería la última vez que jugaba cuando me pedía el dinero. Ahora mamá, decime, con estos ejemplos ¿iba a alcanzar con lo que gano?

Inés sintió la mano de su madre apoyada en la suya. Ese contacto fue suave, cálido, ya no se acordaba cuando había sido la última vez que su madre la había tocado con ternura.

–    Mamá te quiero mucho. No te preocupes, que ya nos vamos a arreglar. Tal vez mañana la suerte nos cambia un poquito y ya tendremos que pensar si vamos a poder comer. Déjame de cebar así no me aburro.

Al día siguiente, Inés fue a la pensión donde vivía su hermano, a buscar ayuda. Sólo encontró frialdad e indiferencia. Compartía la pieza con otro hombre de aspecto tan como él. Su hermano había adoptado la misma apariencia.

Al salir, el pecho se le partía en dos. Solo el llanto repentino e imparable hizo que ese dolor cesara. Caminaba con pasos vacilantes por veredas tan rotas como se sentía interiormente. No tenía reservas para poder contrarrestar la amargura e impotencia de revertir la miseria en la que estaba sumergida junto a su madre. Era consciente de que no tenía opciones para salir del infierno en que se encontraba. El único ofrecimiento que había tenido fue de una excompañera de trabajo. La propuesta era trabajar juntas. Conocía hombres que pagaban bien por los servicios de mujeres dispuestas a hacerlos felices. Inés lo había rechazado, pero en ese momento lo pensó y reconsideró su negativa. Estaba dispuesta a aceptarlo.

En su interior sintió alivio. Y pensó: ¿a quién le podía importar lo que ella hiciera? ¿A quién tendría que darle cuenta? Su madre jamás se enteraría. Estaba sola y sin ayuda, no lo iba a desaprovechar. No tenía y no veía otra solución. Lo hacía o las dos morirían.

Empezó a caminar de una forma diferente. Ya no lloraba, tampoco pasaba por veredas rotas. La cabeza alta, su taconeó fuerte y sonoro. Se sentía bien, con esperanza, una palabra que nunca había pronunciado. No conocía su significado. Quizás ahora la utilizaría con más frecuencia. Apareció en sus labios una pequeña mueca parecida a una sonrisa. Comenzó a apurar el pasó como queriendo llegar rápido a su destino.

 

José María Rosendo.
Mar del Plata-Pcia de Buenos Aires.


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